Hace algunos meses, en épocas prepandémicas, me encontré a una querida colega en un evento académico. Tras ponernos al día y un poco de conversación sobre asuntos universitarios, me dijo, ya en tono de mucha confianza: “… sé que andas muy involucrado con lo de las revistas, y me parece que lo que hacen es un trabajo muy importante, pero te cuento que yo ya rechazo, desde hace tiempo, todas las invitaciones a dictaminar artículos; es un engorro, nadie las toma en cuenta en nuestras evaluaciones, no valen nada en nuestros currículos y solo quita tiempo… mucho tiempo”.  Asentí un poco con la cabeza pero intenté explicarle que la labor de evaluadores y dictaminadores es vital en el trabajo editorial, que, básicamente, un noventa por ciento de los problemas de cronograma de una buena revista se derivan de problemas prácticos en el proceso de dictaminación, muy particularmente de la tasa de respuesta de evaluadores y dictaminadores y de la natural escasez de expertos puntuales en todas las áreas temáticas.
Frente a la explicación, no hizo nada más que encogerse de hombros y contestarme: “lo sé, pero ¿a qué horas resuelvo todo lo que hay que resolver, a qué horas escribo si tengo que dictaminar? Escribir y publicar son el centro de mi actividad y hacer dictámenes me aleja mucho de ello…”. Por su parte, yo sabía que en general ella tenía razón: los incentivos para dictaminar son casi nulos y lo que urge siempre en el rol de experto es escribir, no dictaminar.
            Pasó un tiempo y nos volvimos a encontrar, pero esta vez con otro ánimo; me contó: en México acababa de pasar un momento del año muy importante para los investigadores universitarios, que es la entrega de resultados de evaluación en el Sistema Nacional de Investigadores (SNI, del Consejo Nacional de Ciencia y Tecnología), el máximo órgano evaluador para esta actividad en el país, y a ella no le había ido nada bien: no solo no había ascendido (lo que era su expectativa), sino que estuvo a punto de perder su posición actual. El argumento que le dieron fue:  falta de producción científica publicada. Aunque es alguien que se mantiene muy activa investigando y enviando resultados para publicación, muchos de sus artículos del periodo a evaluar se mantenían en la temida pausa editorial. Detenidos o “en prensa”, y la moraleja se cuenta sola. Nada más asentí con la cabeza y me encogí de hombros.
            Como colofón y cierre a esta viñeta anecdótica, que es más cotidiana de lo que quisiéramos, huelga decir que una labor vital que tenemos los editores de revistas científicas actuales es el concientizar a nuestras comunidades académicas sobre el beneficio de reciprocidad que supone el acto de dictaminación; si bien no “da puntos” ni “abona a las evaluaciones de desempeño”, la dictaminación es un proceso dialógico y de doble tributación, es causa de posibilidad de poder ser leídos y publicados y debe ser una actividad recíproca; visto de otra manera, una parte central del trabajo de comunicación de una revista debe ser también el trabajar de cerca con estos “públicos internos” y refrendar con ellos, simbólica y moralmente, el “pacto comunitario” del ayúdame a dictaminar que alguien más te dictaminará.