Hace algunos meses, en épocas prepandémicas, me encontré a una querida colega en un evento académico. Tras ponernos al día y un poco de conversación sobre asuntos universitarios, me dijo, ya en tono de mucha confianza: “… sé que andas muy involucrado con lo de las revistas, y me parece que lo que hacen es un trabajo muy importante, pero te cuento que yo ya rechazo, desde hace tiempo, todas las invitaciones a dictaminar artículos; es un engorro, nadie las toma en cuenta en nuestras evaluaciones, no valen nada en nuestros currículos y solo quita tiempo… mucho tiempo”.  Asentí un poco con la cabeza pero intenté explicarle que la labor de evaluadores y dictaminadores es vital en el trabajo editorial, que, básicamente, un noventa por ciento de los problemas de cronograma de una buena revista se derivan de problemas prácticos en el proceso de dictaminación, muy particularmente de la tasa de respuesta de evaluadores y dictaminadores y de la natural escasez de expertos puntuales en todas las áreas temáticas.
Frente a la explicación, no hizo nada más que encogerse de hombros y contestarme: “lo sé, pero ¿a qué horas resuelvo todo lo que hay que resolver, a qué horas escribo si tengo que dictaminar? Escribir y publicar son el centro de mi actividad y hacer dictámenes me aleja mucho de ello…”. Por su parte, yo sabía que en general ella tenía razón: los incentivos para dictaminar son casi nulos y lo que urge siempre en el rol de experto es escribir, no dictaminar.

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