El papel de los revisores/as académicos en el ámbito de las publicaciones científicas se mueve aun en una profunda incertidumbre. La reivindicación para que esta figura se le reconozca su papel es sólida y adquiere cada vez más corpus y consenso.
Partiendo de la premisa de que la evaluación por pares −especialmente ciegos− es la base estructural en la que pivota la calidad de las publicaciones científicas de excelencia, la clarificación del protagonismo del revisor académico no debe estar en cuestión, sino que debe estar reconocido y prestigiado en todos los sistemas de evaluación que se precien.

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El debate, ya clásico, de si la revisión científica debe ser o no gratificada económicamente ha sido objeto de muchos debates y discusión de investigadores, sin encontrarse hasta ahora un consenso más o menos unánime en la comunidad científica.
La respuesta a esta simple pregunta requiere contextualizarla en un marco mucho más amplio, que supera la mera gratificación de siempre modestas aportaciones, cuando las hay, y que en ningún caso cubre la tarea, la responsabilidad, la formación y el prestigio previo requerido para acometerla.
Hay que enfocar la cuestión. El debate debe girar en torno al prestigio y reconocimiento del revisor como garante de la calidad de los trabajos que se publican, como autentico “portero de la ciencia” −en términos etnográficos, “gatekeeper” en inglés−. Su papel, lejos de ser secundario y baladí, garantiza la publicación de los mejores resultados de investigación, los más relevantes y originales, los más transferibles y significativos. Sin los revisores, los editores tendrían ante sí una labor inabarcable e imposible, porque solo desde la superespecialización, es posible una revisión científica objetiva y discriminatoria, centrada exclusivamente en los objetos investigados.
Teniendo como punto de partida, la esencialidad de los revisores, serán necesarias estrategias que permitan su reconocimiento. Obviamente una de ellas, puede ser el pago de emolumentos por la tarea realizada, pero si estos se produjesen deberían ser proporcionales a la tarea realizada y al bagaje previo exigible para acometerla. Transacciones ridículas o modestos bonos −cheques-regalo¬− para futuras APC −articles processing charges− son más denigrantes que la propia gratuidad porque, al menos en este caso, se valora el aporte intelectual como acción altruista a la comunidad científica y no como un pago “satisfecho” con un importe insignificante.
El pago por la tarea de la revisión científica también está condicionado por múltiples factores.

En las editoriales multinacionales, con enormes recursos y miles de suscripciones de lectores y bibliotecas, así con pagos por publicación (APC), es mucho más comprensible -y exigible− que incentiven las revisiones con contraprestaciones económicas. En cambio, las revistas científicas “open access” −sin embargos para las lecturas−, y que además no cuentan con pagos por publicación (APC), es mucho más difícil entender estos emolumentos, dado que sus economías se basan en ingresos escasos y por tanto gastos mínimos. Este último modelo es el más asentado en el mundo latino, donde la gratuidad de todo el proceso es el más común, también la tarea de las revisiones.
En suma, si entendemos el proceso de las revisiones como una tarea concatenada en el complejo mundo de las publicaciones científicas, donde lectores, autores, revisores y editores confluyen y entremezclan permanentemente sus papeles −al menos los tres primeros−, es comprensible que la tarea revisora se entienda como la contraprestación necesaria a la potencial acción de autoría sin costes y también de lectura en acceso libre. Siendo claros, si cuando sometemos como autores un trabajo a revisión queremos que esta labor nos sea gratuita, ¿Cómo nos vamos a negar luego a que también nosotros revisemos los trabajos de otros? Si leemos los trabajos de revistas, sin pagos por lectura, ni embargos, ni suscripciones, ¿cómo nos vamos a negar en colaborar, seleccionado los mejores trabajos para su publicación? Obviamente, si no hay reciprocidad y cooperación, el circuito de la publicación científica se desploma.
Además, la tarea revisar tiene otros réditos más profundos y menos reconocibles, al menos aparentemente. No hay que olvidar que la mejor manera de aprender es leyendo y, sobre todo, revisando, ya que cuando se examina el trabajo del “otro” es cuando uno descubre nuevos parámetros y abre su mente a nuevas perspectivas. Este “premio” es mucho más importante, si cabe, para un científico, que una modesta aportación económica y mucho más, si esta se traduce en ridículos bonos, como algunos grupos editoriales, con prácticas “predators” evidentes, están generando.
En suma, el debate, no debe girar en torno a si hay que pagar o cobrar la tarea revisora (en la óptica del editor y del revisor, respectivamente). La contraprestación no es solo económica, sino también de formación personal, y de colaboración recíproca y cooperativa con la comunidad.
El gran reto que tenemos, editores y revisores, es prestigiar y dar valor científico a esta tarea en las Agencias Nacionales de Evaluación, en las acreditaciones de los currículums universitarios para que las revisiones, en revistas científicas de calidad, rigurosas y sistémicas, se integren en los aportes sustantivos de la carrera de los investigadores por los aportes personales y comunitarios que estas generan, como vía necesaria para la transferencia del conocimiento a la sociedad.